El declive de la civilización del petróleo

El petróleo se acaba, el gas natural también… Las grandes compañías buscan exprimir las últimas gotas por medio de técnicas muy agresivas y costosas como el llamado “fracking”. El objetivo es seguir llenándose los bolsillos y mantener el sistema económico actual al coste que sea.

Se empezó a hablar de sostenibilidad refiriéndose a la sostenibilidad del planeta. Se planteaban escenarios de desarrollo y de crecimiento que no fueron excesivamente agresivos con el planeta y que no agotasen sus recursos. Hoy en día, sin embargo, aunque la palabra utilizada es la misma: “sostenibilidad” -la magia de las palabras- su significado es otro. Cuando las grandes compañías y los Estados hablan de sostenibilidad se refieren a la sostenibilidad del sistema económico. Es lo único que les preocupa.

El sistema económico actual, fundado con el desarrollo industrial al que dieron lugar inventos como la máquina de vapor, se basa en unas supuestas “leyes naturales” de la economía y del mercado. La economía se convirtió en una ciencia exacta. Esta ciencia es la que regula la vida en el mundo actual y su dios omnipotente es el mercado. El fin de la vida así regulada es el crecimiento continuo y el imparable consumo.

Pero todo este sistema no funcionaría sin energía. Es necesaria mucha energía para mantenerlo y mucha más para seguir creciendo. El principal problema es que la energía se produce a partir de unos recursos existentes en la Tierra, pero que no son infinitos.

En estos momentos, la obtención de energía empieza a ser un problema grave. Aunque ya se veía venir desde hace mucho tiempo, no se quería ver. Todos miraban y siguen mirando hacia otra parte. El objetivo es seguir funcionando dentro de este modelo al coste que sea: Guerras, miseria, hambre, epidemias, contaminación… Estos son algunos de los costes que supone mantener el sistema.

Es un sistema que no puede durar mucho, pero hay que mantenerse en él porque al parecer no hay alternativas. Sin embargo, quienes deberían hacerlo no buscan las alternativas.

Si efectivamente el crecimiento ilimitado no es posible, es evidente que la alternativa será una mayor austeridad. Pero una mayor austeridad sólo es posible si es solidaria. En nuestro país, el gobierno actual está imponiendo medidas de austeridad que curiosamente afectan a las clases populares. Las grandes empresas siguen creciendo y siguen aumentando beneficios, mientras que a las clases populares se les exigen esfuerzos de austeridad.

Este sistema económico, llamémosle capitalista, aunque la denominación es un tanto anacrónica, tiene al mercado como dios, a la economía como la ciencia exacta que lo regula y el crecimiento ilimitado como un objetivo. Pero este sistema sólo es posible si va dejando tras de sí un reguero de miseria. Continentes enteros fueron arrasados para que los países desarrollados pudieran vivir su utopía de desarrollo imparable. El pastel es muy pequeño para tantos comensales, sobre todo teniendo en cuenta que unos pocos son muy voraces.

En las sociedades llamadas “occidentales” en las que este sistema se desarrolló se impusieron unas normas mínimas para asegurar la viabilidad del propio sistema. Crearon un débil entramado ideológico que diera soporte y amparara la idealizada “libertad” imprescindible para que quienes carecen de escrúpulos y tienen mejores oportunidades puedan libremente enriquecerse a costa de los demás y a costa de los recursos del planeta, que no sólo no son suyos sino que incluso pertenecen a las generaciones que nos sucederán sobre él. Alguien dijo una vez algo parecido a esto: “La Tierra no es algo que hemos heredado de nuestros antepasados, sino algo que nos han prestado quienes nos sucederán en ella” y por tanto nuestra obligación es cuidarla y mejorarla si es posible.

El entramado ideológico se apoya sobre dos ideas clave: “libertad” y “democracia”. Con el fin de eliminar la oposición interna y las voces discordantes,  estas sociedades se dotaron de unos poderosos medios de comunicación, no tanto para transmitir consignas, como para implicar a toda la población en el sistema. Con el fin de activar y mantener el imprescindible consumismo sin el cual el crecimiento ilimitado no tendría sentido, inventaron lo que se ha llamado el “Estado del Bienestar”.

El “Estado del Bienestar” es la gran maravilla que ha permitido durante algunas décadas que toda la población se implicase en el sistema económico de tal forma que ya no es necesario que nadie lo dirija. No es necesaria una clase que imponga este sistema, sino que es toda la población quien lo sostiene. Nadie está dispuesto a renunciar a esto que llaman “conquistas” sociales y que sin embargo no son más que “concesiones” del sistema para poder subsistir.

Pero no hay que olvidar que este “Estado del Bienestar” ha sido posible gracias a que continentes enteros se encuentran hundidos en la miseria y en el hambre. Sin los recursos extraídos allí no hubiera sido posible. Ahora que ya no les queda ningún recurso, sus habitantes también quieren sus migajas en el Estado del Bienestar. Justo en el momento en el que parece que se acaba.

Si el sistema económico actual no tiene alternativa significa que para continuar creciendo debe reducir el ámbito de crecimiento. Si hasta ahora unos cuantos países crecían y crecían y se enriquecían gracias a la explotación de continentes como África o Sudamérica  y a la reducción a la más absoluta miseria de sus gentes… ¿qué es lo que están haciendo ahora?

Ahora de lo que se trata es de seguir creciendo en ámbitos más reducidos. No sólo no saldrán de la miseria los llamados países “pobres”, “subdesarrollados”, “en vías de desarrollo” (todos ellos eufemismos para no llamarles explotados), sino que la miseria llegará a nuestros países “ricos”, “occidentales”, “desarrollados”, “democráticos”.

La tarta es cada vez más pequeña y en lugar de repartirla en trozos más pequeños se repartirá entre menos gente. Ya sabemos entre quienes.

Ante esta situación es necesario ir buscando alternativas.

Es necesario encarar de una vez la escasez energética y cambiar los paradigmas. En este sentido es interesante la carta dirigida al Presidente del Gobierno por Antonio Turiel, científico del CSIC y que puede leerse aquí.

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